Jul 2, 2011

El cuarto de Mark (parte 1)


Parte 1.

Me imaginaba un reencuentro con un viejo amigo de la adolescencia que empezaba, a media conversación, con una pregunta muy simple (con acento chiclayano):

-¿Te acuerdas, man?

¡Claro que me acuerdo! Me acuerdo el instante, las caras, las emociones y las sonrisas. El grito al unísono: "¡Igualito!" Y esa sensación de adolescente virgen de haber descubierto, adentro de un cuarto de diez metros cuadrados, un universo infinito.

El lugar
Pasaba que en Chiclayo, las distancias se medían de una forma peculiar. Si estaba en tu urbanización, estaba cerca, sino estaba lejos. Aún así, estando algo en tu misma urbanización, podía estar lejos, pero si tenías ganas de caminar, todo estaba cerca. Marco y yo vivíamos en urbanizaciones distintas, no colindantes, y aunque alguna vez hice la ruta a pie, un chiclayano normal se iba en combi. Era lejos.

Pasaba que la casa de Marco tenía tres pisos (más la azotea), y en el tercero, había un cuarto usado como almacén. No sé si por negociaciones de Marco con su mamá o por iniciativa misma de ella, pero ese cuarto nos fue cedido para consumar una de las únicas fantasías que teníamos por entonces: hacer rock.

Era la época en que si te llamabas Miguel te decían Mickey (/ˈmɪki/), pero lo escribían Micky, pero si te llamabas Marco te decían Marco y lo escribían Marco. Así que a Marco lo empezamos a llamar Mark, bien escrito y bien pronunciado, y a mí mi primo me empezó a llamar Mike (/maɪk/), que me gustaba más que Mickey (o Micky).

Era la época en que, luego del éxito de Pataclaun, Julie Naters produciría un programa de TV del que tal vez no se acuerde ni ella misma, pero que en las dos o tres semanas que duró al aire, causó un agradable impacto en algunas pocas personas, entre ellas yo. Fue así como, sin pensarlo, me puse una tarde a dibujar, copiándolo de un anuncio de periódico, el logo de El cuarto de Juan, cambiando hábilmente "Juan" por "Mark". Quedó perfecto. Había que enseñarlo en el recreo.

Resulta que los domingos eran días bastante aburridos, sobre todo en las tardes, por lo que lo último que esperaba, mientras marmoteaba todo el día, era tener visitas. Pero ahí estaba Marco esa tarde, sentado en la entrada de mi casa, saludándome mientras lo veía por la ventana del cuarto de mis abuelos, cartulina y óleos pastel en mano. ¿La misión? Ir no muy lejos de mi casa: a la casa de Carlo.

Con Marco -y con mi hermano Frank- estudiaba Carlo, hermano de mi bro∂er Paolo. Carlo Vitalino -así se llama- ya era un artista para ese entonces sólo que el mundo aún no lo sabía, así que iba a recibir su primer encargo: plasmar el diseño en papel de El cuarto de Mark en un cuadro digno de nuestra música, en un tamaño digno de ser colgado en la puerta de nuestra nueva fábrica de emociones.

No puede haber una banda sin un nombre, pero nosotros no podíamos tener un cuarto de ensayo sin nombre ni sin un letrero que marque la entrada, que señale la frontera entre el mundo de afuera y nuestro país de Nunca Jamás. Había nacido El cuarto de Mark.


Continuará...



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