Hay muy pocas cosas de las que uno se puede arrepentir en la vida. De hecho, uno no puede nunca arrepentirse de haber hecho algo, porque todas nuestras acciones pasadas conforman lo que somos ahora, hoy. Pero nos vamos a arrepentir siempre de lo que dejemos de hacer. Yo nunca hice ese viaje a Santiago. Tuve que ver el concierto, un año después, en DVD. Hubiese sido un hermoso regalo de cumpleaños, adelantado, aquel 24 de marzo de 2007.
Ocho meses y medio después, ya estaba yo pisando el suelo madrileño, donde me quedaría a vivir hasta ahora. Y exactamente 2 años y medio después de mi llegada a la península ibérica, The Gathering hacía un show en Madrid, celebrando su vigésimo aniversario y presentando su nuevo disco: The West Pole.
De todos los conciertos a los que he ido, después de aquel legendario Desgraciadazo de 2003 en el estadio Gálvez Chipoco de Barranco, Perú (ver crónica aquí, buscar "Desgraciadazo" en la extensa página), éste es el segundo en el que más próximo he estado del escenario. Podía hasta tocar los monitores de los músicos. Ahí estaba yo, casi en primera fila, rodeado de un grupo de gente agradablemente entusiasta (normal comparado con el público sudamericano, demasiado bajo el standard europeo), escuchando las inquietantes canciones de los teloneros: Autumn.
De pronto aparecieron todos y empezaron con When trust becomes sound, como empieza el nuevo disco. Silje Wergeland tiene una voz adecuada para el estilo actual de la banda, para canciones del Home, del Souvernirs, del if_then_else o del How to measure a planet?. La versión de Saturnine del concierto en Santiago es insuperable, y la energía, emoción y entrega de Anneke contrasta con la calma de Silje, quien en su quietud conserva su carisma. Extrañé mucho los temas más rockeros: Liberty Bell, Monsters (qué ganas tenía de escuchar esta canción) o la extraordinaria Strange Machines.
Este concierto era más para apreciar la música y percibir la cohesión que tienen los miembros de la banda. Se nota que algunos tienen veinte años tocando juntos. Mis vecinos siguen cantando cada canción al máximo, aplaudiendo, aclamando, haciendo bulla. Al igual que en el concierto de Autumn, vino una parte melódica, a capella, Marjolein nos mira sonriendo, y tal como lo hizo el guitarrista de Autumn, con su índice en la boca nos indica, amicalmente, un poco de silencio, sólo en esa parte. Luego nos da una venia y con eso el permiso para seguir disfrutando a nuestro modo del concierto. Cantando, coreando, con la guitarra de René de fondo, distorsionada. Frank, impasible en los teclados. Atrás, Hans concentrado en el ritmo. Marjolein, la que siempre parece disfrutar más que todos. Se nota su juventud y sus ganas de seguir en esto por muchísimo tiempo más. Y al medio, Silje, una cantante para quien esto parece una recompensa. Sabemos que ella no es un reemplazo, es una nueva cantante, con un nuevo estilo al cual nos acostumbraremos, por eso quizás no se esperaba un público tan entregado. Pero al menos yo, estuve esperando este concierto por mucho tiempo, desde el lejano 2007, cuando por esas cosas de la vida, no pude recorrer esos más de 3000 Km para estar en el Teatro Caupolicán. Ahora estaba, un 7 de febrero de 2010, en la Sala Heineken, donde irónicamente intentábamos que los holandeses se sientan como en su casa. Yo, por un instante, sí me sentí así.
Dicen que luego del concierto, los miembros de la banda estuvieron deambulando por el local y departiendo con los que se quedaron. Yo no pude verlos. Me quedé porque algo me decía que me tenía que quedar, y estuve un buen rato hablando con el tecladista de Autumn, que como la mayoría de holandeses, era una de las personas más cool y sencillas con la que puedes encontrarte. Yo sé que algún día conoceré en persona a la banda y también a Anneke. Algo en el ambiente de ese día me lo dijo. Como en la película que dio nombre a la banda, there will be a gathering once with all the immortals. Nos vemos ahí.



















0 calumnia(s):
Post a Comment