Parte 3.
Así que entonces, era posible. No había mucho truco ni era necesario tener un abanico de pedales, amplis y guitarras. Bastaba con un overdrive y podías sonar como Oasis. Marco, con la generosidad y humildad que lo caracterizan, me cede el overdrive. Lo conecto a "mi guitarra" y él empieza a tocar sol-re-la(menor)-do-re, G-D-Am-C-D en notación gringa, los acordes de nuestra canción insignia, un himno que habíamos tocado numerosas veces con nuestras guitarras acústicas, en su casa, en la casa de Chupete, en la casa de Carlton, en el parque Los Sauces y hasta en el Óvalo Santa Victoria, casi al frente de mi casa, junto a Marco-cháchila en el melodión y teniendo como único espectador al watchman del vecindario (guachimán, en peruano). Una canción que aprendí de esos famosos libritos para aprender a tocar guitarra que vendían en los kioskos de periódicos y que incluían -aunque con errores- los punteos de guitarra, tan valorados por nosotros. Sonaba, entonces, Live Forever.
El solo
Fue, seguro, lo más parecido a un orgasmo que haya tenido hasta ese entonces, incluso un orgasmo femenino, bello, inconsumible, etéreo. Pisar el pedal, de fondo la guitarra limpia, y de mis dedos, gracias a ellos, a través de ellos, ese sonido saturado, raspante, tocando esa melodía simple, alegre, vívida. Quince años, o tal vez dieciséis, poco tiempo para saber lo que es vivir, quizás, pero suficiente para sentirse vivo, para reconocer en ese instante a uno de los momentos más sublimes de mi vida.
Mi cuerpo se despidió de Marco, le estrechó la mano, se subió en una combi, de las que iban por Bolognesi, se bajó en la esquina con Luis González y no le importó cruzar el barrio Buenos Aires. Normalmente se iría bordeando por Bolognesi, bajando por Balta hasta el Paseo de Las Musas y siguiendo hasta llegar a la Av. Santa Victoria, pero ¿quién le iba a robar? Él siguió atento, rápido, hasta llegar a la esquina del banco, zona segura ya, caminó un par de cuadras, volteó en el óvalo, abrió la puerta de la cochera, cerró despacio para no hacer ruido, 10pm, ya era tarde, la comida yacía tapada con un plato encima, calentarla en el microondas, comer por inercia.
Mi mente seguía en El cuarto de Mark, tocando el solo una y otra vez, you and I are gonna live forever...
Fin.
El recuerdo
En la película The NeverEnding Story II: The Next Chapter, Bastian tuvo que sacrificar uno de sus recuerdos más preciados para salvar la vida de Atreyu: el recuerdo de su madre. Viendo las orbes que contenían sus recuerdos, me pregunto hasta qué punto sería capaz de sacrificar los míos a cambio de un deseo. En la lista de recuerdos que nunca pondría en dichas esferas, sin duda está éste, a color, con sonido y emociones incluidos. Insondable.
Así que entonces, era posible. No había mucho truco ni era necesario tener un abanico de pedales, amplis y guitarras. Bastaba con un overdrive y podías sonar como Oasis. Marco, con la generosidad y humildad que lo caracterizan, me cede el overdrive. Lo conecto a "mi guitarra" y él empieza a tocar sol-re-la(menor)-do-re, G-D-Am-C-D en notación gringa, los acordes de nuestra canción insignia, un himno que habíamos tocado numerosas veces con nuestras guitarras acústicas, en su casa, en la casa de Chupete, en la casa de Carlton, en el parque Los Sauces y hasta en el Óvalo Santa Victoria, casi al frente de mi casa, junto a Marco-cháchila en el melodión y teniendo como único espectador al watchman del vecindario (guachimán, en peruano). Una canción que aprendí de esos famosos libritos para aprender a tocar guitarra que vendían en los kioskos de periódicos y que incluían -aunque con errores- los punteos de guitarra, tan valorados por nosotros. Sonaba, entonces, Live Forever.
El solo
Fue, seguro, lo más parecido a un orgasmo que haya tenido hasta ese entonces, incluso un orgasmo femenino, bello, inconsumible, etéreo. Pisar el pedal, de fondo la guitarra limpia, y de mis dedos, gracias a ellos, a través de ellos, ese sonido saturado, raspante, tocando esa melodía simple, alegre, vívida. Quince años, o tal vez dieciséis, poco tiempo para saber lo que es vivir, quizás, pero suficiente para sentirse vivo, para reconocer en ese instante a uno de los momentos más sublimes de mi vida.
Mi cuerpo se despidió de Marco, le estrechó la mano, se subió en una combi, de las que iban por Bolognesi, se bajó en la esquina con Luis González y no le importó cruzar el barrio Buenos Aires. Normalmente se iría bordeando por Bolognesi, bajando por Balta hasta el Paseo de Las Musas y siguiendo hasta llegar a la Av. Santa Victoria, pero ¿quién le iba a robar? Él siguió atento, rápido, hasta llegar a la esquina del banco, zona segura ya, caminó un par de cuadras, volteó en el óvalo, abrió la puerta de la cochera, cerró despacio para no hacer ruido, 10pm, ya era tarde, la comida yacía tapada con un plato encima, calentarla en el microondas, comer por inercia.
Mi mente seguía en El cuarto de Mark, tocando el solo una y otra vez, you and I are gonna live forever...
Fin.
El recuerdo
En la película The NeverEnding Story II: The Next Chapter, Bastian tuvo que sacrificar uno de sus recuerdos más preciados para salvar la vida de Atreyu: el recuerdo de su madre. Viendo las orbes que contenían sus recuerdos, me pregunto hasta qué punto sería capaz de sacrificar los míos a cambio de un deseo. En la lista de recuerdos que nunca pondría en dichas esferas, sin duda está éste, a color, con sonido y emociones incluidos. Insondable.


















1 calumnia(s):
Esta cheverazo las 3 partes...lamentablemente yo estaba entre 1995 a 1997 en lima, aburriendome. Sino, ufff hubiese podido complementar el universo musical de los 90's en el Cuarto de Mark. Exitos promo!!
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