"Tú no eres mi amigo". Te das cuenta de que no le importas a alguien cuando le da igual despedirse o no de ti, incluso cuando sabe que es para siempre. Cuanto más quieres a una persona, más puedes llegar a odiarla. Sentirse querido u odiado es básicamente la misma sensación: importas.
Estábamos los cuatro. Ilusamente los cuatro, intentando solucionar lo inarreglable. Yo ya sabía lo que iba a pasar, lo sabía desde hace muchos meses. Desde algún mensaje por WhatsApp que sólo decía "jaja". La risa escrita es tan falsa como la sonrisa de un político.
Y yo sabía a lo que iba: a despedirme. Ellos no lo sabían, no con esa certeza tal vez. Momentos artificialmente alegres, tensiones artificialmente distendidas, conversaciones artificialemente conversadas... El tiempo era sólo una hoja seca en el aire, intentando caer para ser pisada.
Peleas, sí, discusiones, sí, gritos, también. Si en algún momento me quiso, ojalá haya sido cierto. Aprendí a bailar sin pudor música electrónica, a escuchar música que antes no escuchaba, a sentir que puedes llegar a querer mucho a alguien sin que sea tu pareja, tu familia.
Mi teléfono no vibrará tan seguido como antes. No habrá mensajes que me despierten ni que me den las buenas noches. No me verán por el Outlet. No me verán por el Ocho y Medio. No me verán por la Nasti.
No volverán a ver mi sombra orinando entre dos papeleras.
Beber en las plazas, en los portales, comprarle cerveza a los chinos de Malasaña, comer de la basura, beber whiskey barato... La música, las sonrisas y el alcohol barato. Todos esos momentos en que éramos los dueños del tiempo, en que éste era una plastilina con la que hacíamos puentes entre planetas.
Cuando quieres tener lazos, te quedas desatado.
"Cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada", decía Charly, y ya no me ata nada.
"Cuídate" -dijeron ellos.
"Tú ya no eres mi amigo" -dijo ella.



















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