May 30, 2009

Un combustible llamado lactosa (parte 2)

Parte 2.

Era, para qué, un buen día para viajar. Sol, primavera, y una improvisación de La Roja en La Noche de Barranco que nos levantaba el espíritu. Y así de fácil, nuestros sarcófagos del alma ya se desplazaban a 100 Km/h. Así que nuestro amigo, el GPS con acento español femenino que siempre nos mandaba al desvío, nos recordaba que el límite de velocidad en la carretera es de 80 Km/h. Claro, es que habíamos alquilado un Audi A4. ¡Otra cosa, mariposa!

Un carro de calidad no hace mucho ruido. Despacito, tú presionas de a pocos el acelerador, y la aceleración es un proceso suave y continuado que parece un paso de ballet. Armonía, gracia, movimiento y todas las leyes de la física tienen química y son maestras de nado sincronizado. Pero una vez más, la ciencia se equivoca. Tchaikovsky también.

En mi búsqueda personal hacia el nirvana digestivo, empecé a conocer a cada uno de los demonios y su forma de actuar, su forma de sentir, su forma de reír y hasta su forma de llorar. Leí la vida y milagros del Irritable bowel syndrome, la Enfermedad de Crohn, la Lactosa, la Úlcera Péptica y muchos otros cómplices que conforman esta asociación ilícita para delinquir y usurpar el control que tenían en mi digestión el hígado, el estómago y demás miembros de mi preciada asociación lícita para digerir.

Así que hice lo que cualquier común mortal hubiera hecho: saqué cita en la Seguridad Social.

Un análisis de sangre, unas pastillitas para salir del paso mientras esperaba el resultado y cuando llegó el día en el que pensaba que por fin iba a ver la luz, mi ángel de la guarda, vestida de blanco, ve los resultados, alza la mirada, sus ojos llenos de sabiduría se cruzan con los míos, llenos de sed de respuestas, y la voz dentro del espíritu me sentencia: "Esto está divino". Como si faltara más lenguaje sobrenatural en la escena. "Si quieres vuelve a pedir una cita con tu médico de cabecera, pero esto está muy bien, está todo perfecto, no tienes nada. Anda tranquilo."

Ya era agnóstico, pero en ese momento me convertí en un hereje total. Abandoné la secta de la Seguridad Social, blasfemé, escupí y esperé. ¿Y ahora?

Tres meses después, la respuesta llegó a mí en forma de tarjeta de PVC. Por fin, luego de varias incongruencias, podía atenderme en una clínica privada, cortesía de la empresa que me empleaba. Así fue que llamé -con demasiada fe para tratarse de un ex-creyente- para sacar una cita. Todo empezaba de nuevo.

Continuará...


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