Podría, a duras penas, intentar hacer el famoso moonwalk. Pararme en puntitas implicaría la fractura de algunas falanges y probablemente una colisión facial con el piso. Así que siendo sinceros, el único paso de los popularizados por Michael Jackson que podría imitar impecablemente es el de tocarme los genitales y gritar -in English, of course- "ooh". Pero recuerdo que en la película Moonwalker, el mister se transforma en un auto de modelo futurista y, aunque no lo crean, ese pasito también me salía, de alguna forma.
Estaba entonces sentado ya con el médico de la clínica privada que me lanzaba uno a uno los exámenes que necesitaba hacerme: "Y luego te haces un test de aliento y por último un test de intolerancia a la lactosa. Luego vienes con los cinco resultados y conversamos". Así que después de algunas sacadas de sangre y de aliento, estaba yo sentado, a las 8 de la madrugada, esperando que me hagan el útimo test de la baraja. Tranquilito nomás, que todo es de rutina. Iluso yo.
El susodicho test consiste en tomar un vaso con 50 gramos de lactosa (disueltos en agua) e ir soplando cada media hora una bolsita de papel. El truco está en que de ese soplido sacan qué nivel de tolerancia (o intolerancia, si eres de los que ven el vaso medio vacío) tienes. Pero expliquemos esto un poquito mejor.
Si no eres capaz de asimilar la lactosa, quien lo hará serán unas bacterias muy bonitas que viven, en extraordinaria armonía, en tu intestino. Sí, tan bonitas y trabajadoras son que las llaman "la flora intestinal". Pero a cambio, porque no hay lonche gratis, producen hidrógeno. Y ahí radica el secreto mejor guardado de mis pasos de baile. ¿Cómo así? Patience, young Jedi.
Ya paseando por las calles de Madrid, me llegó la iluminación, como cuando a un músico, de la nada, se le mete una melodía en la cabeza. Y bueno, esta vez la melodía estaba bastante distorsionada, con el amplificador saturado al máximo. Y entonces todo cuadraba. El sonido de camión cisterna era en realidad el sonido de un Ferrari afinadito. El proceso de combustión lo efectuaban unas hermosas bacterias análogas a un motor V12 y yo, emulando a Michael Jackson, me convertía en un hermoso auto de modelo futurista, deambulando por Madrid a velocidades no permitidas. Todo cuadraba, my friend, todo. Y sonaba, por supuesto, Speed Demon.¿Pero qué pasó con el hidrógeno? Simple. Hidrógeno, metano y demás entidades gaseosas son enviadas directamente a contribuir con esas causas caritativas del calentamiento global y el efecto invernadero, a través del tubo de escape.
Pero tanta maravilla tenía que tener su truco. Y el truco era que yo estaba 'tuneado'. Cuando fui a recoger los resultados de uno de mis tantos exámenes, me enteré que mis lindas bacterias recibían ayuda de otra llamada Helicobacter Pylori, Pyli para los amigos. Pero he aquí el detalle: si el resultado del examen sale igual o mayor a 2,5%, es positivo. Yo tenía, ta-ta-ta-tan, 14%. Osea, yo no tenía unas cuantas bacterias, no señor. Yo tenía una colonia. Qué colonia, una metrópolis.
Pero, lamentablemente, como ésa sí era perjudicial para mi extraordinaria salud, hubo que eliminarla. Así que, heme aquí, un humano más, que de vez en cuando deja su rutinaria vida para desobedecer las indicaciones médicas, consumir cuanta lactosa encuentre en los productos del supermercado y convertirse en un hermoso Ferrari de modelo clásico (sin Pyli no hay futurismo) y con motor V12, listo para recorrer las calles de la ciudad a velocidades ilícitas. Y ustedes ya saben lo que suena en la radio. Turn it up!Fin.



















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