Oct 21, 2012

De poder, humildad y portería


Si el tiempo tuviera paciencia, sería insufrible, pero afortunadamente las horas se van cansando y van cayendo, una a una, como las primeras gotas, hasta que por fin cae toda la lluvia, así caen las horas últimas y hasta mañana. Desde mi puesto sin ventanas se ve la modernidad de una ciudad antigua y vivible con la tranquilidad de un mamífero impasible, con la calma que me falta en las habituales noches desenfrenadas. Dos libros para alternar y mi reproductor de MP3s, que bien podría reproducir archivos FLAC, pero que se queda en la mediocridad de lo standard, esa misma mediocridad que veía en las oficinas y en los días que la gente termina arrastrando durante toda la semana para por fin poder borrarlos en el sexto o sétimo, sabiendo que el domingo en la noche lo borrado empezará otra vez a escribirse. Esa mediocridad de la que fui expulsado al no encontrar yo mismo el coraje para irme solo.

¿En qué consiste el poder? Presiono un botón y abro la puerta. O la cierro. O la detengo. Es el mismo botón. Entra un señor en su BMW convertible y me ordena abrir la puerta para que entre otro señor en otro BMW convertible. Para ellos eso es poder. Adentro, escucho cómo un jefe sin experiencia ordena contratar gente con estudios universitarios. Para él eso es poder. Si supiera que tengo yo más estudios que él... ¿Es eso un poder?

Saber hacer, hablar bien, entender idiomas, ya son cuatro. ¿Indicador de poder? Trabajo gratis ocho horas diarias. Leo, escucho música, y con el frío que soporto, también quemo calorías. Podría estar aprendiendo algo pero a cambio observo. La gente me mira con curiosidad, y al parecer no parezco un portero convencional, ¿por qué?, pero yo los miro más de lo que ellos a mí. Entiendo sus vidas, sus miedos, sus inseguridades y sus seguridades también. ¿Me da eso poder?

Me llama la recepcionista y me ordena dejar pasar a alguien. Veo la puerta y hay un auto esperando. Presiono el botón. El tipo entra, estaciona, y me pregunta si puede entrar por aquella puerta. Está prohibido, le digo, pero me han dicho que te abra, así que supongo que puedes. Puedo darme la vuelta e ir por la otra puerta -responde con mucha humildad-, no hay problema. Abre mi jefe y lo hace pasar. ¿Sabías que él es un DJ muy famoso? Ni idea, respondo, y me quedo pensando. ¿Es la humildad un poder? ¿Es el hecho de no necesitar demostrar nada a nadie una forma de poder? Tal vez. Y si es así, prefiero eso a todas las otras formas de poder que he conocido y con las que me he topado.

Llega un camión, ejerzo mi poder y presiono el botón. La puerta se abre. ¿Y si un día no lo dejo pasar, qué? ¿cederá algún día la humildad de portero a cambio de ese otro poder? Esos otros poderes menos poderosos, pero por alguna razón, más temidos y respetados por la sociedad.



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