Feb 26, 2008

la guerra hipocondríaca

No existen fórmulas perfectas ni procesos perfectos. Sólo químicos, matemáticos o poetas. El último sorbo de una cerveza puede develar el universo si la bebe la persona adecuada en el momento adecuado.

Sentado en la banca de un parque, donde sólo los sobrios pasean, corren, o educan a un perro, puede caer una bomba atómica y llevárselos a todos o no pasar nada, pero quien observa no ve nada. Al contrario, ve rutina, tradición, convenciones, follaje, neblina, sudor y caca de perro.

Ve caminos que llevan al mismo sitio, muslos firmes, otros que no tanto, carros estacionados, piedras estancadas extrañando la energía cinética, buzones de correo desplazados por un e-mail, hormigas que no entienden de rutina.

Relojes con alarma a las 6 de la mañana, camisas planchadas, incluso almidonadas, corbatas Pierre Cardin, autos BMW y un pensamiento único, entre todos los cerebros que se acuestan, que se les vence el tiempo útil pero luchan por ganar una batalla, la misma de todos los días, la que en un último minuto de lucidez les hace preguntar si todo vale lo que cuesta, si todo vale con el fin de cumplir el objetivo de la guerra: salir para volver a entrar.


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